Todas contra Tim

23.06.2015
Los dichos machistas del bioquímico inglés Tim Hunt sobre las mujeres científicas despertaron un tsunami de indignaciones, pero son apenas un ejemplo de una situación de hecho que necesita cambios urgentes.

De las muchas piezas que componen el actual estado de situación de las mujeres en el campo STEM (acrónimo anglo utilizado para designar las disciplinas de Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), unas pocas alcanzan y sobran para armar tentativo panorama. Una de ellas: que el año pasado, el medidor de opinión pública YouGov, en UK, preguntó a miles de británicos qué científica mujer conocían y, mientras el 68 por ciento sólo pudo nombrar a Marie Curie, un 12 respondió “Isambard Brunel” (1806-1859), un... varón. “¿Alguna otra dama?”, volvió a intentar la empresa. Y los miles: “Nou, nou, no idea”. Nadie citó –acaso por falta total de (re)conocimiento– a la joven Medalla Fields Maryam Mirzajani, a la física brasileña Marcia Barbosa, a la matemática rusa Sofia Aleksandrovna Janovskaja, la química Dorothy Crowfoot Hodgkin, la especialista en citogenética Barbara McClintock, la astrofísica Jocelyn Bell, la cristalógrafa Ada Yonath o, colmo de los colmos, a Hipatia de Alejandría. Por supuesto, a la pieza de invisibilización la acompañan otras... Como la cantidad de estudios que evidencian que, mientras niñas y preadolescentes muestran el mismo interés en materias STEM que sus compas masculinos durante la primaria, finalmente acaban dedicándose a “sectores más tranquilizadores”; léase, áreas donde la mentada invisibilización, la discriminación y la desigualdad remunerativa son menos pronunciadas. O, para el caso, sectores donde no son tan desalentadas. En Estados Unidos, sin más, alrededor de un 70 por ciento de purretas de cuarto grado ha admitido querer ser científica o matemática, pero sólo un 18 por ciento termina con títulos universitarios en ingenierías.

Lo curioso es que, como dijera la primera mujer afroamericana en viajar al espacio, doña Mae Jemison, “la humanidad no puede hacer frente a sus grandes desafíos con sólo la mitad de la población trabajando”. Sentencia que, aunque evidente, lógica y necesaria (finalmente, los desafíos son muchos y muy urgentes), aún no ha hecho mella en quienes siguen prendidos al dicho de otrora, que aseveraba muy a sus ascuas: “Mujer que sabe latín, no tiene marido ni tiene buen fin”. De reemplazar “latín” por “Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas”, queda claro cuál es el estereotipo imperante que todavía persevera en el campo STEM. No es el único, claro. De hecho, un flamante reporte realizado por la Universidad de California, en EE.UU., y publicado bajo el título Double Jeopardy?, arriba a conclusiones del tipo: las mujeres negras y latinas que trabajan en laboratorios a menudo son confundidas con personal de limpieza o seguridad; independientemente de su etnia, nutrido número de señoras y señoritas debe probar constantemente su valía profesional; generalmente escuchan a sus colegas varones reprobar el modo en que “desatienden” a sus hijos o el hogar o se sienten presionadas a cumplir “roles clásicamente femeninos”, entre otras cuestiones.

Y si el asunto viene a cuento es porque, desde la semana pasada, el bioquímico Tim Hunt (72) –quien fuera laureado con el Premio Nobel de Medicina en 2001– ha pasado a engordar la lista de prejuicios que rodean el tema. No porque inventase un preconcepto novedoso (sería en extremo generoso acreditarle la chapa de “creativo”), sino por haber hecho comentarios machistas en una charla en Corea del Sur que rápidamente despertaron indignación colectiva y cobertura en medios a diestra y siniestra. “Déjenme que les cuente mi problema con las chicas. Pasan tres cosas cuando están en el laboratorio: te enamorás de ellas, ellas se enamoran de vos y, cuando las criticás, lloran”, afirmó el ¿sex symbol? que descubriese proteínas fundamentales para las células, en la conferencia mundial de periodistas científicos en Seúl. Tampoco le temblaron las (pocas) mechas al sugerir que hombres y mujeres hicieran research en espacios segregados...

Y aunque su esposa inmunóloga salió a defenderlo al son de “Tim no es nada sexista; incluso cocina y hace las compras”, no fue suficiente: el Caballero del Imperio Brit debió renunciar a su cargo honorario en la University College de Londres y fue desacreditado por la mismísima Royal Society británica, de la que forma parte desde 1991. Es más, en un comunicado oficial, dicha entidad anotó: “La ciencia necesita mujeres (...) Demasiadas personas con talento no desarrollan por completo su potencial científico por cuestiones de género y estamos comprometidos a ayudar a solucionar esta cuestión”. Diarios como The Independent fueron menos... benévolos, cubriendo el hecho con titulares del tipo “Con ratas de laboratorio como Hunt, ¿sorprende que haya pocas mujeres en ciencia?” Empero, el verdadero tsunami ocurrió en las redes sociales; en Twitter específicamente. Allí, tras el tuit inicial de Connie St Louis, directora del programa de periodismo científico de la City University London, que rezaba “¿Acaso este ganador Nobel piensa que vivimos en los tiempos victorianos?”, se despertó la oleada de comentarios. Bajo el hashtag #distractinglysexy, arqueólogas, biólogas, geólogas, químicas, informáticas, etcétera, de distintas nacionalidades se mofaron de cuán sexies son en el trabajo, limpiando cráneos de simios, levantando muestras, analizando células... En tono refrescantemente sardónico, no faltaron los varios miles que, parafraseando al don, anotaron: “No puedo creer que terminé mi día de trabajo sin derramar una lágrima”.

Cacheteado a diestra y siniestra, el pobre Hunt ha de estar triste; finalmente habría que darle un respiro: tantas horas con los ojitos en el microscopio no le habrán dado tiempo para leer la investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts publicada en el medio especializado Plos One hace pocos meses. Allí, lejos de sugerirse el segregacionismo, se exhortaba científicamente a incorporar más y más mujeres a grupos mixtos, en tanto su presencia logra un mejor entendimiento general. La proporción femenina presente, un factor para predecir la inteligencia colecta, ¿comprende, sir Hunt?. Por Guadalupe Treibel. (Fuente: Página 12).

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