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NOSOTRAS ESTAMOS AHÍ

06.11.2016
Un dato relevante de este proceso histórico reciente ha sido la presencia de las mujeres, tal como viene analizando la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología presidida por Ana María Franchi, que según datos del 2015 detentaban el 60 por ciento de las becas y representaban el 52 por ciento del total de investigadores, con un crecimiento en las primeras categorías aunque baja aún en las superiores.

Cuando publiqué, El estudiante universitario. Hacia una historia del presente de la educación pública (Editorial Siglo XXI, 2012), el título inicial había sido “la experiencia universitaria” bajo la idea de que era necesaria una narrativa sobre la vida cotidiana en las universidades públicas; el definitivo, con su impronta androcéntrica, no podría ser sostenido ahora. En esa investigación la exploración de la experiencia estudiantil en la Universidad de Buenos Aires en el período de crisis de fines del siglo XX, signado por los convulsionados años 2001/2002, reveló que entre los horizontes deseados de las y los estudiantes figuraba dedicarse a la investigación y hacer “carrera académica”; la presentación a becas de la universidad o del Conicet era una apuesta atractiva que surgía a partir del contacto con profesores y profesoras de distintas cátedras que abría la posibilidad de una experiencia vinculada con la producción de conocimiento. Pero se topaban también con obstáculos para esas carreras proyectadas: la variable edad (si la carrera se había demorado se había perdido la oportunidad para esa apuesta) y los promedios de la carrera (si eran buenos la apuesta podía ser más exitosa); pero también la maternidad o la multiocupación por la crisis social. Lo que entonces avizoraban era que ingresar a la docencia universitaria o a la carrera de investigación tenía reglas propias que desconocían hasta entonces y que operaba una selectividad sobre esa experiencia estudiantil hasta entonces “igualitaria”.

Desde el año 2003 y en particular a partir del año 2007 la notable ampliación del Sistema de Ciencia y Técnica y en particular del Conicet, con una fuerte política de becas y de ampliación de cargos a la carrera del Investigador, convirtieron aquel horizonte esquivo en una posibilidad certera. La emergencia de nuevxs sujetxs con identidades, discursos y demandas propias pero a su vez con una identificación político-institucional colectiva con el crecimiento del sector y una nueva convicción acerca de su papel en el desarrollo del país, ha sido uno de sus resultados. Un dato relevante de este proceso histórico reciente ha sido la presencia de las mujeres, tal como viene analizando la Red Argentina de Género, Ciencia y Tecnología presidida por Ana María Franchi, que según datos del 2015 detentaban el 60 por ciento de las becas y representaban el 52 por ciento del total de investigadores, con un crecimiento en las primeras categorías aunque baja aún en las superiores. Las licencias por maternidad implementadas permitieron reconocer y atender la situación particular de becarias e investigadoras. Los ajustes actuales del presupuesto 2017 de Ciencia y Técnica con su probable impacto en una reducción del número de becas y cargos para el ingreso a CIC, pueden generar efectos diversos, entre otros un retroceso de las ciencias sociales en las que las mujeres tienen una mayor presencia. A las mayores exigencias y dificultades de las carreras científicas y universitarias de las mujeres, que las historias de vida de una investigación en curso revelan, se agregarían las vinculadas con una acentuación de la competitividad consecuente ante la reducción de posibilidades, que postergaría o invisibilizaría la agenda de género. Se trata entonces de insistir en el derecho al acceso a la investigación científica, que conlleva invariablemente una lucha sostenida por el aumento de los presupuestos de Ciencia, Técnica y Universidad.

Por Sandra Carli: Dra en Educación. Investigadora del Conicet en el Instituto de Investigaciones Gino Germani. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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