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María Cecilia Tranchida: una pionera en estudiar el rastro de hongos en la escena del crimen

09.05.2017
A través de la Micología Forense -desarrollada por la investigadora del CONICET- se puede inferir el momento, causas y circunstancias de una muerte.

El 9 de julio de 2007 un hecho insólito cambió la rutina de varias ciudades, entre ellas La Plata. Hacía mucho frío, tanto, que sucedió un fenómeno ilógico para la zona. Cayó nieve. Un manto blanco que lo cubrió todo. Del suceso histórico quedaron fotos: de copos cayendo, de muñecos de nieve improvisados en las plazas y también una más lúgubre, que en 2009 un colega le mostró a la investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) María Cecilia Tranchida. Era la imagen de un cuerpo congelado y abandonado. Al observarla, Tranchida no solo vio el cuerpo: también vio los hongos que habían crecido en ese cuerpo y se lamentó de no haber podido intervenir: “Los hongos son una herramienta forense. El cuerpo –explica Tranchida, flamante miembro del Programa Nacional Ciencia y Justicia- tenía manchones de hongos en la cara y en las manos y no tenía actividad de insectos ni de fauna cadavérica por el frío. En ese caso, por los hongos, podríamos haber conocido el Intervalo post mortem y algunos otros datos”.

Estudió Licenciatura en Ecología en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y posteriormente realizó su tesis doctoral en control biológico de mosquitos vectores como  Aedes aegypti y Culex pipiens. Pero algo no le convencía: había mucha gente dedicándose al mismo tema.  Ella quería encontrar un tema que sirviese para aplicarlo a la Justicia. En el interín, hizo un curso de Entomología Forense –la utilización de fauna cadavérica o insectos para datar un intervalo de muerte- en la Universidad Nacional de Quilmes y advirtió que en se área también había muchos profesionales trabajando, no así en hongos y bacterias. Conversando con su ahora co-director, el Dr. Néstor Centeno, entomólogo, surgió la idea de estudiar a los hongos en la escena del crimen para poder emplearlos como evidencia forense.

Con esa idea en la cabeza, en 2010, se acercó al  Instituto de Botánica Spegazzini de la UNLP para hablar con la Dra. Marta Cabello, que se convertiría luego en su directora. “Con ella fuimos planteando la posibilidad de empezar una nueva línea, Micología Forense, que acá no se hacía y en el mundo en general está muy poco desarrollada”. La micología, vislumbró, serviría para determinar el intervalo de muerte, el lugar, el tiempo de entierro y llegar a identificar modificaciones en los hongos por tratamientos médicos o ingesta de sustancias químicas, que modifican el entorno para que los hongos puedan crecer.

 

Una herramienta clave

Como antecedente para comenzar su línea de estudio, Tranchida encontró el trabajo de científicos japoneses que estudiaron los hongos aislados a partir de dos cuerpos hallados en diferentes condiciones con evidente crecimiento fúngico. También, el trabajo de autores americanos que a través de la biota fúngica del suelo y las modificaciones que ésta experimenta cuando un cuerpo se descompone, lograron detectar lugares de entierro clandestino -que suele ocurrir en el intento de ocultar un crimen- y a la vez determinar cuánto tiempo llevaban esos cuerpos enterrados. Según explica la investigadora, “un cadáver es una fuente de materia orgánica disponible para el suelo, y el aporte de compuestos nitrogenados un factor que contribuye a la modificación de la biota fúngica del mismo y que permite detectar entonces lugares de entierro”.

Tomando en cuenta esos pocos antecedentes que encontró, Tranchida y su equipo se lanzaron a desarrollar la  Micología Forense como nueva línea de investigación. El objetivo de la línea es “estimar intervalos post-mortem y post-entierro a partir de la biota fúngica hallada en cadáveres y fosas de entierro clandestino”.

Para alcanzar este objetivo, técnicamente, los científicos interpretan el proceso de descomposición cadavérica como una sucesión biológica –“la evolución que se da de manera natural en un sistema, y que por su dinámica interna los organismos que lo integran se van sustituyendo unos a otros a lo largo del tiempo”-. “Intervienen organismos descomponedores que van desde organismos oportunistas, que son los primeros que arriban al cuerpo, hasta organismos específicos en las últimas etapas del proceso. En nuestro caso la idea es llegar a conocer la sucesión que experimentan los hongos desde los oportunistas hasta los específicos, conociendo qué especies se hacen presentes en cada etapa de la descomposición del cadáver y así relacionar especies con los diferentes tiempos, pudiendo establecer tiempos de muertes si se trata de hongos sobre cuerpos o tiempo de entierro si trabajan con suelo”, puntualiza Tranchida.

Además, la especialista subraya que “por el lado de la entomología forense -que es el estudio de la fauna cadavérica- existen datos obtenidos de la experimentación mediante modelos, por lo que la disciplina se emplea para la resolución de casos forenses, junto a la información obtenida de autopsias como datos patológicos entre otros”. Sin embargo, aclara, la Micología Forense –como área de estudio- se encuentra recién en las primeras etapas de investigación propiamente dicha. El objetivo de Tranchida es “llegar a establecer el intervalo de muerte por la evidencia fúngica del cuerpo que pueda ser hallado en la escena del crimen”. Para lograr este objetivo, se vale de técnicas micológicas clásicas y por sobre todo de su experiencia como micóloga, que le permite llegar a identificar especies, pudiendo conocer de antemano sus requerimientos nutricionales, rangos de temperatura, humedad, fotoperíodo y el tiempo estimativo que cada especie necesita en diferentes condiciones -semejantes a las que se encontró el cuerpo- para desarrollarse: “Este tiempo de desarrollo -explica- es el que indicaría el intervalo post-mortem”.

¿Cómo lo hace? El aislamiento de las muestras se realiza por técnicas clásicas de estudio de hongos de suelo para el estudio de tumbas clandestinas. En el caso de cuerpos, toman muestras mediante pinzas, hisopos o ansas estériles y las colocan en cápsulas de petri. “De ambas metodologías -agrega- se llega al cultivo puro de cada especie para su posterior identificación taxonómica, es decir poder saber de qué especie se trata con certeza”. Los grandes grupos de hongos que ya están representados en los datos que al momento se encuentran disponibles en publicaciones de casos, tanto de cadáveres como de entierros son los Zygomycetes, levaduras (Ascomycetes inferiores), Ascomycetes, hongos imperfectos o anamorfos y Basidiomycetes.

Por último, Tranchida subraya qye la relación con la Justicia para la toma de muestras y el acceso a los casos, como también la falta de personal capacitado en la detección de hongos y la toma de las muestras, son dos cuestiones que se proponen optimizar a través del Programa Ciencia y Justicia: afianzar la relación entre los investigadores forenses y el personal judicial, como también lograr que el personal en la escena del crimen, perteneciente a la policía científica, pueda capacitarse para tomar muestras de hongos y así poder avanzar en la aplicación de esta herramienta forense. “La línea, daría como resultado una herramienta sólida para la obtención de evidencia, de manera multidisciplinaria, ya que la intervención de profesionales de otras áreas -entomología, palinología, toxicología, entre otras- enriquece ampliamente la línea mediante los aportes de sus investigaciones, dando datos certeros y útiles para la Justicia”, resume la investigadora.

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