Las científicas, la autoridad y el trabajo de campo

30.06.2015
En las carreras científicas se nos entrena para escribir sobre la base de teorías o experimentos que apoyen nuestras ideas o hipótesis. Nada en lo que se nos enseña inicialmente, nada en el método científico, el acceso al trabajo de campo, la fiabilidad de nuestras conclusiones y propuestas científicas parece tener que ver con nuestra condición de varones o mujeres.

Por Bibiana Vilá

(Investigadora Principal CONICET, VICAM, Univ de Luján)

En las carreras científicas se nos entrena para escribir sobre la base de teorías o experimentos que apoyen nuestras ideas o hipótesis. Nada en lo que se nos enseña inicialmente, nada en el método científico, el acceso al trabajo de campo, la fiabilidad de nuestras conclusiones y propuestas científicas parece tener que ver con nuestra condición de varones o mujeres.

La ciencia es neutra. Nada hay de específico en las disciplinas científicas que, como la ecología, la arqueología, la geología, la antropología, exigen trabajo de campo. En ellas las/los  investigadores deben permanecer durante varios días en lugares alejados, de difícil acceso, a veces incomunicados/as. Actualmente hay en esas disciplinas muchas mujeres, principalmente becarias, que llevan a cabo su trabajo de campo a la par de sus colegas varones. Y sin embargo ser mujer no es indiferente. Compartiré a propósito de este asunto algunas reflexiones desde mi experiencia pues soy, yo misma, una mujer en ciencia con trabajo de campo, desde hace ya tres décadas.

En primer lugar diré que las investigaciones que conllevan expediciones y aventuras fueron exclusivamente asunto de varones hasta mediados del siglo XX en Argentina. No hay en el país mujeres octogenarias que se hayan dedicado a estos temas.

En segundo lugar, si nada durante la jornada de trabajo parece indicar diferencia alguna, la llegada al campamento convierte “naturalmente” a las mujeres en las encargadas de las tareas domésticas: cocinar, limpiar instrumental y ordenar el equipo, tareas imprescindibles (y posiblemente una buena razón de su presencia en los equipos). Pero no sólo de una tradición más tardía ni de la prolongación de la división sexual del trabajo se trata. El principal obstáculo para las científicas no está en las campañas, una vez que se está en el campo, sino en llegar a hacerlas.

Los varones salen al campo dejando esposas y niños que no cuestionan esa actividad y frecuentemente se enorgullecen del “aventurero”. En cuanto a las mujeres, cuando son jóvenes profesionales salen a hacer sus primeras experiencias de campo casi como una aventura juvenil, pero a medida que pasan los años, muchas abandonan carreras promisorias simplemente porque no es aceptable que se alejen de sus hogares, particularmente si tienen hijos.

Se podría decir, en tercer lugar, que existe un abismo en la aceptación social del alejamiento de la casa por razones laborales cuando se trata de varones y de mujeres.

Cuando las mujeres logramos sostener la necesidad de ir al campo salimos planificando campañas en las que cuentan actos escolares, cumpleaños etc.; con un cronómetro que empieza a contar desde la compra del pasaje, preguntándonos por el sentido de dejar a los niños, con inseguridades sobre las rutinas del hogar. Y ni hablar de disfrutar del trabajo y el contacto con el mundo natural, los animales, las plantas con las que trabajamos, los lugares a los que vamos y sus gentes. Eso sí que no se debe.

El trabajo de campo es un muro tan invisibilizado como, a veces, infranqueable. Defender el derecho y la necesidad de no posponer, interrumpir o abandonar una carrera con trabajo de campo es un proceso costoso que se juega en una arena muy personal en la que casi siempre las mujeres pierden: tienen en el otro equipo a maridos, hijos, madre, amigas y parientes.

Si los costos y esfuerzos de las científicas, especialmente si son madres, en disciplinas con trabajo de campo, son mayores que los de sus colegas varones, las dificultades inherentes a la autoridad científica y sus consecuencias económicas y políticas suelen ser aún más arduas y las técnicas de descalificación mucho más sutiles. Si a partir de nuestras investigaciones científicas, nuestros datos duros y la evidencia reunida proponemos alternativas a la expoliación y la mercantilización de la naturaleza, prepárense: pasamos a ser: “las chicas de… (complete aquí según su objeto de estudio) las ballenas, las pinturas rupestres, los minerales, las vicuñas, etc…”. Es decir: mujeres irracionales y sensibles que nos “encariñamos” con los bichos y plantas que estudiamos, y no académicas, doctoras y licenciadas con argumentos válidos, racionales y perspectivas ética que defienden un vínculo con (en) la naturaleza sin saqueos, pensando en la conservación más que en el dominio.

¿La ciencia es neutra? O no tanto. En todo caso mi experiencia en el campo, las discusiones a propósito de los resultados de mi trabajo, me han proporcionado evidencia de cuánto incide sobre nosotras el sexismo, el androcentrismo y la certeza de que se trata de la única perspectiva posible. Tal vez para las más jóvenes nuestra experiencia produzca otras tradiciones, otras perspectivas, otras formas de autoridad, otros horizontes.

Agradecimientos: A Alejandra Ciriza que siempre está ahí,  ayudándome, cuando me animo a estos textos. A las Dras. Yanina Arzamendia y Gisela Marcoppido por este modo femenino que tenemos para investigar y manejar las vicuñas silvestres.

 

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