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La princesa de las matemáticas

26.07.2017
Como los poetas, muchos matemáticos nos abandonan demasiado pronto. Galois murió a los 20, en un duelo, después de pasar su última noche escribiendo afiebradamente su testamento sobre la resolución de ecuaciones polinomiales. Ramanujan, a los 33, cuando empezaba a ser reconocido como un genio de la teoría de números. Riemann y Abel, a los 40 y los 26, respectivamente. Ambos fueron genios de primer nivel (la "hipótesis de Riemann" todavía es considerada uno de los problemas abiertos más importantes de la matemática).

El sábado último, también a los 40, se apagó Maryam Mirzakhani, que estuvo entre los ganadores de la última medalla Fields y fue la primera mujer en recibir el premio más prestigioso que se otorgue a un cultor de la reina de las ciencias (de apenas 15.000 dólares canadienses, pero equivalente a un Nobel). Era considerada una virtuosa en la geometría de las superficies complejas.

Hace sólo tres años, había hecho historia con esta distinción que desde 1936 habían ganado 52 hombres, pero ya antes era una figura que deslumbraba a sus colegas. Mirzakhani había nacido en Teherán, ciudad en la que obtuvo un máster antes de partir a doctorarse en la Universidad de Harvard. Ávida lectora, solía contar que su primera inclinación fue la literatura. En el libro de retratos y textos autobiográficos Mathematicians (Princeton University Press, 2009), compilado por la fotógrafa Adriana Cook, la cámara la captura como una joven segura de sí misma. Allí, escribe: "De alguna manera, hacer matemática es como escribir una novela donde tu problema evoluciona como un personaje vivo. Sin embargo, uno tiene que ser muy preciso en lo que dice, todo tiene que coincidir como los engranajes de un reloj".

Su interés por la matemática se habría encendido al tropezar, en un libro de su hermano, con una célebre anécdota atribuida a Gauss, del que se cuenta que a los cinco años sorprendió a su maestro con una fórmula para obtener la suma de todos los enteros entre 1 y 100 (según se dice, descubrió que había 50 pares que sumaban 101: 1+100, 2+99... 50+51; y 50x101=5050).


A los 17 compitió en las Olimpíadas Internacionales de Matemática. En 1994 obtuvo la medalla de oro, a un punto del máximo. Al año siguiente volvió a recibirla, esta vez con puntaje perfecto.

Quienes la conocieron la describen como pequeña y reservada, pero con una energía y un entusiasmo indómitos para atacar problemas difíciles de su disciplina (pueden verla en acción en YouTube, http://bit.ly/2uNlU1r). Solía trabajar horas sobre largos rollos de papel apoyados en el suelo, haciendo diagramas y escribiendo ecuaciones en los márgenes. Su hija, Anahita, que hoy tiene seis años, creía que era pintora.

Techo Argentina
Su amiga de toda la vida, Roya Beheshti, también matemática, dijo a la revista Wired que "el trabajo de Maryam era impulsado por el puro gozo (...) Muchos se refieren a su sencillez, y es cierto. Pero también era realmente ambiciosa. Desde muy chica, tuvo metas muy altas".

La argentina Alicia Dickenstein, actual vicepresidenta de la Unión Internacional de Matemáticos (IMU, según sus siglas en inglés) la conoció en la ceremonia de Seúl donde le confirieron el premio y formó parte del grupo de seis colegas que armó Ingrid Daubechies, presidenta de la IMU, para protegerla de la prensa. "Maryam venía de la quimioterapia por un cáncer de mama agresivo y no pudo dar su charla. Era un encanto de persona -afirma-. Muy humilde y positiva. Estamos todos tan tristes."

Su maestra de sexto grado había tratado de disuadirla de que se dedicara a los teoremas y demostraciones porque no la consideraba particularmente talentosa. Afortunadamente, no pudo detenerla. El 13 de julio, en su última entrada en Facebook, se leyó: "Cuando más tiempo pasé haciendo matemática, más feliz me sentí".

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