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El lugar de las mujeres en las universidades publicas, una asignatura pendiente

26.07.2017
En Argentina se registró, desde la recuperación de la democracia y especialmente en los últimos años, un incesante avance de la presencia de mujeres en los ámbitos que nos ocupan, llegando a superar el 50 % de los cargos. Esto habla de una feminización de los espacios de docencia e investigación, que –según estudios particularizados- se extiende a la matrícula estudiantil de las Universidades Públicas.

“Si las mujeres que trabajan en las fábricas se detuviesen veinte minutos, los Aliados perderíamos la guerra” Joseph Joffre. 1915

Por Ilda Lucchini*

Estas palabras, más que centenarias, reconocen ya el carácter neurálgico del trabajo de las mujeres que a lo largo del siglo XX fueron expandiendo lenta e inexorablemente sus esferas de actividad, incluido el acceso a la educación superior y la inserción en los sistemas de investigación social, científica y tecnológica.

De ahí que hoy día podamos reformular las palabras del general francés diciendo que si las mujeres que trabajan se detuviesen, el mundo se paralizaría.

NUESTRAS MUJERES EN EL SISTEMA NACIONAL DE C Y T

Es sabido que en nuestro país la absoluta mayoría de la investigación tanto en ciencias sociales, como en ciencias naturales y exactas se produce en las universidades públicas nacionales, en las cuales se desempeñan como docentes numerosos investigadores pertenecientes al CONICET o a algún organismo de ciencia provincial. Con lo cual toda referencia a la presencia de mujeres en el sistema nacional de ciencia y tecnología abarca –para nosotras- esas instituciones.

En Argentina se registró, desde la recuperación de la democracia y especialmente en los últimos años, un incesante avance de la presencia de mujeres en los ámbitos que nos ocupan, llegando a superar el 50 % de los cargos. Esto habla de una feminización de los espacios de docencia e investigación, que –según estudios particularizados- se extiende a la matrícula estudiantil de las Universidades Públicas.

Debemos considerar también que la ‘elección’ de las carreras por parte de las mujeres está determinada significativamente por ciertas instituciones de la sociedad (que suelen tener carácter imperativo) tales como la educación, la tradición familiar y las limitaciones económicas a lo que hay que sumar las nada despreciables cuestiones culturales o simbólicas que ‘asignan’ las profesiones “adecuados” para tal o cual género. De ahí que también encontremos mayor presencia femenina en la docencia e investigación en disciplinas humanísticas, artísticas; aunque en algunas –tradicionalmente masculinas- como las ingenierías, matemáticas o ciencias económicas se ha venido alterando las proporciones relativas entre los géneros.

Estos cambios no se traducen –al igual que en la mayoría de los campos laborales y políticos- en la feminización de los cargos de conducción. Es lo que habitualmente llamamos “techo de cristal”, para caracterizar ese límite concreto al avance de las mujeres que imponen las practicas patriarcales vigentes en nuestras sociedades contemporáneas.

Los obstáculos que encuentran las mujeres para acceder a cargos de mayor jerarquía académica, así como a posiciones de responsabilidad y conducción constituyen formas de discriminación que cristalizan en desigualdades de género injustificables.

Hacemos nuestras las palabras de la investigadora Marcela Lagarde cuando se refiere a la escasa “democracia genérica” existente en el sistema universitario y científico, porque un incremento relativo de la presencia de mujeres en el mismo no se refleja en mas acceso a mejores cargos.

Formas abiertas y sutiles de exclusión, marginación y discriminación pesan sobre las universitarias y a su vez los universitarios se benefician de la supremacía de género. Sin embargo, la eliminación de la opresión de género en la Universidad no es una prioridad de las políticas educativas, presupuestales y de enseñanza e investigación.

En el sistema público de Educación Superior tenemos , aproximadamente, un 48 % de mujeres docentes /investigadoras y un 52 % de varones , pero esa relación no se traduce en una proporción similar en cuanto a la ocupación de cargos de conducción. No contamos con datos actualizados, pero si podemos afirmar que hace un quinquenio había muy pocas Rectoras de Universidades Públicas y/o Decanas de Facultades. La proporción era de una media de 64 % de varones en los máximos cargos contra el 36 % de mujeres. Relación que no parece haberse modificado significativamente, aun con la creación de nuevas Universidades Públicas, en muchas de las cuales desde su inicio hay políticas de género como la sanción de Protocolos de Actuación para la Prevención y Atención de la Violencia de Género, las licencias parentales por maternidad/paternidad, etc.

Estas desigualdades son similares en las estructuras superiores del CONICET, Comisión de Investigaciones Científicas. No sólo a nivel de Presidencia o Directorio sino también, en las máximas categorías del escalafón de investigador. En el Directorio del CONICET hay tres mujeres, sobre un total de ocho miembros. En tanto que en los niveles iniciales de la carrera de Investigador de esta institución hay un 54 % de mujeres, pero sólo un 25 % en los dos escalones máximos.

Otro indicador que merece ser observado es la percepción que tiene cada uno de los actores del sistema respecto de sus tareas y funciones: el apoyo y escucha que tienen las mujeres para el avance en su carrera como docente e investigadora es un 10 % promedio menor que para los varones. Lo que habla de la necesidad de mayores esfuerzos para alcanzar las mismas metas, con las consiguientes tensiones y desgastes.

Asimismo la percepción que las propias mujeres tienen de su situación es bastante alarmante, por cuanto muchas niegan haber sido discriminadas, on desconocen haberlo sido; lo que es preocupante como síntoma de escasa ‘conciencia de genero’

La distribución desigual de roles en la vida cotidiana – como son, en general, las tareas de cuidado de hijos/as y/o familiares – también influye de manera significativa, en su salud física y psíquica y en la ‘dedicación’ que las mujeres prestan a su trabajo. Lo cual no es menor en un ámbito en el cual el paradigma meritocrático tiene absoluta vigencia.

PARA TRANSFORMAR LA REALIDAD

Es evidente la relación sinérgica entre el desarrollo del movimiento de mujeres y la mayor participación femenina en instituciones públicas y en organizaciones sindicales, profesionales, políticas en pos de la igualdad de género.

Citamos –a modo de ejemplo- el aumento de la cantidad de mujeres que integran los Consejos Superiores y Consejos Directivos en las Universidades Públicas, o se han incorporado a la actividad gremial, como delegadas y miembras de conducciones sindicales (aun cuando en muchas Comisiones Directivas no se respetan los cupos femeninos que establece la ley), y la creación de Secretarias de Género en las mismas.

Estas incipientes transformaciones marcan una tendencia que ira acentuándose en tanto y en cuanto ha sido cuestionado el patriarcado lo que implica que –de alguna manera- toda la sociedad está en revisión.

En el ámbito del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología, del cual forman parte sustancial las Universidades Públicas, son muchas las demandas de género pendientes y las políticas a implementar para que las mismas sean satisfechas: alcanzar la igualdad de oportunidades para eliminar la segregación vertical y horizontal de mujeres en sus estructuras, facilitar el acceso, permanencia y progreso de las mujeres en el sistema, avanzar con los mecanismos de representación femenina en los órganos de conducción, en su presencia en el diseño de las políticas institucionales que incluyan la perspectiva de género, cambios en los parámetros de evaluación y calificación para acercar más las trayectorias académicas a la biografía de lxs actorxs del sistema y muchas otras que sería largo de enumerar.

El imaginario social le atribuye a las Universidades Públicas y –por extensión- a las instituciones dedicadas a la Investigación Científica y Tecnológica, ser espacios democráticos, equitativos, con importantes debates y en permanente transformación dada su naturaleza de creadores de conocimiento. Para que ese ‘imaginario’ tenga correspondencia unívoca con la realidad es necesario avanzar en la concreción de la “democracia genérica”, como parte esencial de una indispensable Segunda Reforma Universitaria en la perspectiva de Universidades Publicas Nacionales y organismos de Ciencia y Técnica más democráticos e inclusivos, la gran asignatura pendiente desde la restauración de la democracia en Argentina.

* Ilda Lucchini, Licenciada en Química, Jubilada Docente de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata, integrante de Carta Abierta.

Fuente: Silvina Perugino vía @DiarioFemenino1

Publicado en  rcnacional

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