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Clarice Lispector se ha convertido en una figura pop de la literatura

13.08.2018
La investigadora Florencia Garramuno explica como la escritora brasilera paso de ser de culto, a tener una influencia decisiva en la cultura popular contemporanea.

A Florencia Garramuño no le gustó Clarice Lispector la primera vez que la leyó. Promediaban los 80, ella tenía 21 y cursaba como estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Empezó por su libro más famoso, Agua Viva, después leyó algunos cuentos más. Al tiempo, se mudó a Estados Unidos, hizo su doctorado –en la Universidad de Princeton– y consiguió un cargo para enseñar literatura y cultura brasileña, cargo que, por esas vueltas de la vida, la obligó a releer a la autora. Ahí sucedió el flechazo: Garramuño se fascinó al leerla en portugués, tanto que como investigadora independiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) terminó especializándose en la escritura de Lispector. “Creo que la primera vez que la leí no la entendí –dice–. Y también creo que lo que no me gustó fue la traducción. Porque fue distinto leerla en su lengua original”.

Lispector, que vivió entre los 20 y los 70, fue una escritora brasileña que se salió del canon literario de su época. En Agua Viva, como en el resto de sus libros, se puede ver la huella de su escritura “rara”, porque en sus páginas deja la estela del fluir de su conciencia y traza agudas reflexiones sobre pequeños descubrimientos cotidianos, conflictos internos, hasta sobre el propio misterio de la vida. Lo hace en prosa poética, desde una voz femenina llena de digresiones, apelando a colores, olores y sensaciones a través de los que asienta su escritura inclasificable, que fluctúa entre los géneros de la epístola, el diario íntimo y la novela. Esa escritura extraña la hizo erigirse casi como de culto, más respetada por las nuevas generaciones de escritores que por sus contemporáneos. “Es un libro que amo –dice Garramuño sobre Agua Viva–, hoy me parece su texto más maravilloso”.  De hecho, en 2008, la investigadora –que además es traductora de textos- terminó haciendo su propia traducción de Agua Viva del portugués al castellano, que salió publicada por editorial El cuenco de Plata. “Me acuerdo del día que me llamaron para pedirme que lo traduzca… ¡no lo podía creer! Fue precioso. Un momento muy hermoso para mí”.

En su último paper publicado, Garramuño postula que fue a partir de fines de los años 70 que la escritura de Lispector dejó de ser para unos pocos y se diseminó internacionalmente, hasta que se convirtió en una figura popular para el mundo de la literatura y para la cultura en general. “Hoy Clarice es una joya rara que levanta fanatismos dignos –casi– de una estrella pop”, señala en el artículo, y se pregunta, “¿en qué sentido la influencia de Clarice se hace sentir en otros escritores, de qué modo esa escritura impacta en la literatura contemporánea? ¿Por qué la cultura contemporánea ama a Clarice Lispector?”. La respuesta es, también, la razón por la que Garramuño se fascinó tanto con Lispector: porque el espíritu libre de su escritura la erigió como parte de la refundación de la literatura.

 

La fascinación

Garramuño, en su tesis del doctorado que cursó en Estados Unidos, comparó novelas de Brasil, Argentina y Uruguay de los 80, de autores como Aira, Saer, de Mattos, indagando en los rastros que esas novelas tenían del pasado sin ser novelas históricas. Una vez de regreso en Argentina, dirigió un proyecto de literatura comparada que se remontaba más atrás, a la década del 70. En ese estudio, Lispector comenzó a aparecer como el faro central de sus investigaciones. “Ella había sido muy inspiradora para los jóvenes. En los años 70 en Brasil hubo un movimiento muy fuerte de contracultura, de literatura marginal, que se oponía a la cultura oficial, y si bien para esa época Clarice era una figura muy establecida y reconocida en la cultura oficial, inspiró mucho a esas generaciones jóvenes. Entonces, me interesó saber qué había en Clarice Lispector que a los jóvenes les interesara”, cuenta Garramuño.

En su libro La experiencia opaca (Fondo de Cultura Económica, 2009) Garramuño postuló su teoría: que la literatura en los años 70 sufrió una transformación en cuanto a lo que era considerado o no literatura, y que Lispector fue una figura central de ese cambio. “Fue una conjunción –añade la investigadora-: Clarice estaba intuyendo algo nuevo en su escritura que el propio estado de la literatura del momento no le permitía desarrollar, y de repente, en los 70, se encontró con esta nueva fuerza que se estaba abriendo, una generación de jóvenes que encontró un eco en lo que ella estaba haciendo”.

La transformación de la literatura a la que se refiere Garramuño tiene que ver con que los nuevos escritores comenzaron a alejarse de las ataduras de los géneros, a probar con tramas menos articuladas –e inclusive con la ausencia de trama–, con personajes difusos y un vuelco pronunciado hacia el uso de la primera persona. “Es lo que en los 90 se conoció como `el giro autobiográfico de la literatura` –explica–. Aunque yo no estoy muy de acuerdo con esa denominación, porque aunque esté en primera persona no por eso es autobiográfico. De hecho, en Aguaviva la narradora de Clarice no narra acontecimientos de su vida. Cuenta percepciones, como un testigo de lo que ocurre, pero no como protagonista. Eso es algo que también está muy presente en la literatura contemporánea: la posición del narrador desde el lugar de contar lo que ve y lo que le pasa”.

Garramuño observa que a Lispector “cada vez se la lee más. Y creo que en parte tiene que ver con esto de que la literatura contemporánea está mucho más cerca de Clarice Lispector de lo que la literatura contemporánea de Clarice estuvo de ella misma”, ensaya. De hecho, identifica rasgos de Lispector en géneros de moda, como la crónica literaria contemporánea. “Tiene mucho de Clarice: hay una cierta hibridez entre la crónica y el relato, sobre todo en la actualidad, en el boom de los relatos donde la ficción se adelgaza. Todo lo que se cuenta tiene que ver con hechos que podrían ser crónicas. La ficción se retrae y es necesaria la presencia de un narrador que esté presente ante los hechos que va a narrar, que tengan cierta dosis de algo que en algún momento o de algún modo ocurrió. Antes la distancia era necesaria en la literatura, ahora eso se tornó más bien sospechoso. Está pasando en la literatura contemporánea de todos los países prácticamente”, advierte.

Otro rasgo que explica la actual lectura de Clarice Lispector, según Garramuño, es el feminismo. “Si bien ella nunca estuvo activamente vinculada, el feminismo demanda hoy historias femeninas. Y todas las historias de Clarice son de mujeres, todas sus protagonistas son mujeres. Hoy hay una necesidad de leer escrituras femeninas porque es difícil encontrarlas en el cánon, y Clarice suple esa demanda por llenar el hueco de voces femeninas que fueron invisibilizadas en la literatura”. Los ensayos de la filósofa Helene Cixous sobre la escritora brasileña son un ejemplo de ese vínculo marcado entre la escritura de Lispector y el feminismo.

En este momento, como investigadora, Garramuño se encuentra desarrollando investigaciones que ya no tienen que ver directamente con Lispector. Está explorando las figuras de lo impersonal y lo anónimo en diferentes disciplinas –fotografía, cine, literatura– en la cultura contemporánea. “Estoy analizando obras donde hay un reemplazo de la preocupación por identidad por una preocupación por la coexistencia entre grupos distintos”, explica. Aunque aún en ese campo disímil, las reminiscencias a Lispector aparecen sin que las busque. “Ahora que lo pienso ella también tenía una preocupación por lo impersonal: describía sensaciones, formas de vida, más que a sí misma. Al final –desliza– haciendo otras cosas, siempre regreso a Clarice”.

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